CURSOS DE INICIACIÓN A LA PESCA CON MOSCA
oco a poco voy llegando al río, tarde de Junio, temperatura suave, brisa ligera, cielo encapotado: un buen día para pescar. Ya casi estoy en el recodo, allí donde el agua choca contra la roca y se remansa formando una badina que alberga hermosas truchas. Por fin llego, las truchas se ceban en el agua quieta, lanzo la boya, mis tres moscas favoritas para la ocasión: amarilla, salmón y verde claro. La boya pasa sobre el primer pez y ... nada.
Varios lances más y los peces dejan de cebarse, no he tenido ni una picada. Pruebo en las corrientes donde acaba el pozo y ahí si consigo una pieza; la meto en la cesta es buena. Voy a bajar a otra corriente algo mas lejos, no puedo ir hacia arriba: el agua profunda lo impide.
Entonces otro pescador llega al pozo, lleva una caña extraña para mí; saluda, respondo; entra en el agua y comienza un extraño y acompasado ballet con su caña, la balancea adelante y atrás mientras va sacando más y más sedal, que queda flotando en el aire como si no pesara. Le contemplo fascinado, el ritmo hipnótico del movimiento me hechiza, con un gesto suave, por fin, posa el sedal en el agua, que flota en ella dibujando una línea suavemente recta, al fondo una pequeña mosca queda tentadora en la superficie, tanto que un relámpago plata y rojo la toma; comienza la lucha; el pescador tensa el sedal con gestos pausados, fuerza al pez para que obedezca; el tiempo se para en aquella tarde de Junio, algo dentro de mí quiere más; cuando vuelvo en mí , el pescador acerca una preciosa trucha a su sacadora y el momento mágico acaba; él vuelve a balancear su caña, el baile empieza de nuevo, pero yo no sé bailar y voy en busca de la corriente.
Hace quizás 20 años que ocurrió lo que acabáis de leer, fue mi primer encuentro con un pescador de látigo, entonces no eran tantos quienes pescaban así y encontrarlos era raro. Cuando ocurría siempre tenía las mismas sensaciones: primero atracción, después la idea o más bien la sensación de que debía ser muy difícil pescar así, pero... qué belleza en cada lance. Me parecía que no podría llegar nunca a manejar ese arte, así que seguía con mi
cucharilla, mi boya, mi chipa, sacaba truchas pero de vez en cuando encontraba uno de aquellos pescadores y me quedaba en trance viéndole actuar. Alguna vez (pocas por mi timidez supongo) hablaba con ellos, algunos eran accesibles y comunicativos otros menos, unos pocos parecían vivir en el Olimpo y les costaba entablar contacto con mortales como yo.
Todo colaboraba a que aquello me pareciera complicadísimo, lejos de mi alcance (pobre mortal donde vas a ir tú entre los dioses) .Un día después de hablar con un amigo, que decía estar en el secreto, me decidí y compré mi primera caña de látigo, mi primer carrete, mi primera cola de rata, mis primeras moscas secas. Yo estudiaba entonces, la compra supuso una fortuna para mí, pero estaba a punto de entrar en el Olimpo. Desgraciadamente el Olimpo estaba cerrado (no admitían socios nuevos después de la hora del té) y me estrellé contra un mar de dificultades: no lanzaba, no posaba, no estiraba, no veía la mosca; sí que conseguía enredar, enganchar, liar, desesperarme al fin. (Mi amigo no fue una gran ayuda: estaba tan lejos de los dioses como yo). Deje el recién adquirido equipo olvidado en casa, y volví al sendero trillado: la boya, la cucharilla...
Algunos años después me lleve el abandonado equipo a una acampada en Los Pirineos, llovió una tarde y su noche y al día siguiente el riachuelo que allí había hervía literalmente; volví a probar suerte con la seca y clavé mi primera trucha, todo cambio para mí; aquella primera truchita marco un antes y un después en mi manera de encarar la pesca. Animado lo intente de nuevo en condiciones menos propicias (río normal, menos actividad) de vez en cuando sacaba algún pez, que me emocionaba en cada ocasión; compraba todas las moscas que podía (eran carísimas, yo seguía en la Universidad y mis ingresos eran casi inexistentes). Un día cayo en mis manos un librito de montaje: me gustó, pedí como regalo otro libro más complejo a la que entonces era mi novia y hoy mi mujer, mi madre me regaló el torno, fui adquiriendo material, poco y mal aconsejado por las tiendas de entonces (aún no había llegado el boom de la mosca), monté mis primeras moscas y conseguí mis primeros peces con mis propias moscas. Iba aprendiendo a base de errores, de sinsabores, de voluntad y desánimo, de pequeños logros, todo ello mezclado. Fui, poco a poco, entrando en el Olimpo y descubrí que el Olimpo era una alucinación que tuve hace años a la orilla del río aquél, que todos podían llegar donde yo llegué si se lo proponían. Entonces conocí la sociedad Río Arga y me hice socio; allí encontré gente dispuesta a enseñar lo que sabían (que era mucho más que lo conocido por mí).
Ellos impartían cursos de iniciación y mejora a la pesca con mosca, sin más ánimo que ayudar a otros a llegar al conocimiento y práctica de esta hermosa afición.
Esta es mi experiencia, ahora llevo varios años practicando con el látigo, he aprendido bastante, me queda mucho más por aprender; y ya que mi profesión es la enseñanza, colaboro con Río Arga impartiendo, junto con otros compañeros, el curso de iniciación a la pesca con mosca y montaje. Este año 2001 acaba la edición de dicho curso ya han pasado decenas de pescadores por nuestra escuela y seguimos con la misma ilusión y las mismas intenciones que llevaron a otros a empezar allí por 1992 con esta actividad.
Si tuviera que resumir en uno nuestros objetivos diría que pretendemos facilitar el acceso a una modalidad de pesca, que todos consideramos apasionante, a los pescadores que intenten llegar a ella. Pretendemos desmitificar la pesca con mosca y evitar a otros el trabajoso camino que he descrito en estas líneas (por el que hemos pasado muchos). Naturalmente también tratamos de promocionar la pesca sin muerte (que todos los monitores practicamos sin excepción) pero queremos que sea el propio pescador a través del autoconvencimiento quién llegue a este supuesto; sin obligar ni forzar la voluntad de nadie.
En fin, también queremos demostrar que los mosqueros no son, ni deben ser, una élite, sino un colectivo que entiende la pesca a su manera y siempre estará dispuesto a comunicar su conocimiento a los demás desde la óptica del respeto a otras modalidades.
Por eso, amigo pescador, si quieres iniciarte en un mundo que te atrapará sin remedio, no dudes en acudir a nuestra sociedad y entrar en la pesca a mosca en nuestro próximo curso.